7 maneras de fortalecer el cerebro

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Dr. Phil Maffetone
Traducción: Ester Galindo
Hace ya unas décadas, mientras desarrollaba el método de la kinesiología aplicada, el Dr. George Goodheart planteó la idea de que había un vínculo entre determinados músculos esqueléticos y otras partes del cuerpo. Y esta relación entre músculo y órgano se convirtió en parte integral de este nuevo método basado en la evaluación física de los pacientes.
Hoy día sabemos que la mera contracción de un músculo concreto basta para liberar mioquinas al torrente sanguíneo. Estas citoquinas musculares se comunican con todo el cuerpo, incluido el cerebro, lo cual hace que dicho vínculo músculo-órgano se convierta en un método clínico más que viable.
Entre las múltiples partes emparejadas del cuerpo que Goodheart observó estaba la asociación del músculo supraespinoso con el cerebro. Prácticamente todas las demás relaciones neuromusculares incluyen órganos y glándulas con funciones bastante específicas, como las adrenales, el estómago y los ojos, pero todas ellas están bajo el control del cerebro. Así que, la primera vez que oí hablar, en 1974, del vínculo entre el supraespinoso y el cerebro, tuve que darle un par de vueltas al tema.
En sentido estricto, el cerebro lo controla prácticamente todo, incluidas todas las partes del cuerpo. En potencia, cualquier músculo, órgano o problema glandular podría indicar algún tipo de desequilibrio incipiente en el cerebro (idea esta que constituye, a su vez, la base del biofeedback).
Así que, de entre las múltiples asociaciones, quizá la que habría que analizar más a fondo es la del supraespinoso con el cerebro. ¿Hasta qué punto es preciso este vínculo? Como todavía no lo sabemos a ciencia cierta, plantearemos una pregunta mejor. Con un abanico tan amplio de lesiones cerebrales como tenemos hoy día, ¿por qué no estamos ante una epidemia de supraespinosos dañados?

Lesiones cerebrales
Al igual que una rodilla o el cuello, el cerebro también puede lesionarse debido a un deterioro del tejido neural o su neuroquímica. Solemos pensar en una lesión cerebral grave como resultado de un latigazo cervical o un traumatismo local, por una gran falta de oxígeno o algún tipo de intoxicación química grave. Pero aparte de estos casos obvios, hay más personas que se ven afectadas por otras condiciones de tipo más funcional. Pongamos por caso el efecto sobre el cerebro que tiene la hormona del estrés (cortisol), los efectos secundarios del alcohol, un mal funcionamiento intestinal o unos niveles inestables de azúcar en sangre. No cabe duda de que hay una gran cantidad de personas en todo el mundo que sufre algún tipo de daño cerebral.
Algunas lesiones cerebrales se desarrollan en los primeros años de vida y suelen asociarse con la desorganización neurológica. En muchos casos, la cosa va más allá de confundir las letras o de intercambiar la izquierda por la derecha. Algunos de estos signos aparentemente inocuos pueden indicar una lesión más amplia y no se corrigen con una rápida estimulación de un punto de acupuntura.
Otro caso es el de la persona que no es capaz de entender la letra de una canción, algo que no suele considerarse una lesión cerebral. Este problema, que suele estar relacionado con otros síntomas, puede remediarse leyendo la letra mientras se escucha la canción (a menudo es necesario escuchar canciones distintas durante varios días seguidos). Este remedio tan simple puede ayudar a crear una gran cantidad de interconexiones neuronales. Constituye una terapia muy potente que tiene otros beneficios, como el de reducir las distracciones mientras se estudia o durante las interacciones sociales.
Hay otras lesiones cerebrales que se desarrollan a edades más tardías. Tomemos por ejemplo los síntomas, aparentemente temporales, de un lapsus senil o la falta de concentración o somnolencia tras las comidas. A pesar de que el cerebro parece recuperarse de tales episodios anormales, estos suelen empeorar a lo largo de la vida y se convierten en un importante indicador de una mala salud y una calidad de vida más bien pobre. También estos síntomas suelen ser bastante fáciles de controlar, sobre todo si se tratan en sus primeras fases a través de una dieta saludable.
Tanto si se trata de un síntoma casi imperceptible y momentáneo, como uno que se va volviendo más frecuente o una condición crónica con signos clínicos evidentes, la mayoría de las lesiones cerebrales puede mejorar de manera significativa, reajustarse o incluso eliminarse mediante una terapia conservadora y personalizada y unos hábitos de vida saludables.
Goodheart solía enfatizar la importancia de llevar un estilo de vida saludable, pero la mayoría de la gente se ha centrado en sus enseñanzas sobre relaciones musculares. Hoy día comprendemos bien la fisiología que se esconde detrás de dos importantes funciones del cerebro, que se ven influenciadas por el estilo de vida:
-La plasticidad neural: la estimulación o inclusión de sinapsis que antes no se usaban, o se usaban muy poco, para un mejor funcionamiento (incluido el control motor).
-Neurogénesis: la producción de nuevas células cerebrales.

7 MANERAS
Sí, puedes mejorar tu cerebro a cualquier edad. Aquí tienes siete maneras de hacerlo.
1. Parafraseando al gran cantante y compositor Bob Dylan, «cuando no estamos ocupados naciendo, estamos ocupados muriendo». Dylan escribió la letra de esta canción por las mismas fechas en que Goodheart postulaba las relevantes relaciones de la kinesiología aplicada a mediados de los sesenta. Al parecer, de manera inconsciente, Dylan formuló una potente declaración neurofisiológica, pues al mantener nuestro cerebro muy activo y fresco, conservamos su máximo rendimiento. Esto significa mantener un grado elevado de inputs sensoriales y outputs motores, que vayan desde realizar toda una variedad de actividades físicas hasta aprender cosas nuevas con regularidad. Significa desafiar las funciones intelectuales, emocionales e intuitivas. En otras palabras, no aburrirse jamás.
2. Mantente alejado de la inflamación crónica. La idea básica es bien sencilla: un estado inflamatorio en todo el cuerpo puede mermar de manera significativa las funciones cerebrales, tanto a corto como a largo plazo. La inflamación crónica es una causa habitual de la mayoría de las enfermedades crónicas, así como de múltiples problemas funcionales. La inflamación también puede poner en peligro la barrera hematoencefálica. Debido a que los vasos sanguíneos están inflamados, determinados nutrientes no son capaces de entrar en el cerebro. La colina es tan solo un ejemplo: los bajos niveles de colina se asocian con el alzhéimer. Un simple análisis de sangre para la proteína C reactiva permite controlar la inflamación crónica.
3. Come grasas de manera equilibrada. Este constituye un factor clave a la hora de controlar nuestro mecanismo inflamatorio-antiinflamatorio. Las grasas que ingerimos afectan la cascada de ácidos grasos esenciales que influye en el equilibrio de las prostaglandinas, los leucotrienos, los tromboxanos y otros compuestos llamados colectivamente eicosanoides. Lo más importante es mantener un buen equilibrio entre las grasas omega 6 y omega 3. Los estudios demuestran que una relación de 5:1 o menor es ideal, pero al analizar las dietas, muchas presentan una relación de 10:1, 20:1 e incluso mayor. El problema más habitual es un bajo consumo del ácido graso omega 3 EPA, que solo se encuentra en alimentos de origen animal (la linaza y otras grasas n-3 contienen ácido alfa-linolénico, que no se convierte tan bien a EPA). Evita, además, ingerir grasas trans, ya que pueden reemplazar los omega 3 saludables del cerebro.
4. Evita comer azúcares y harinas. Esta es, probablemente, la recomendación más importante en cuanto a hábitos de vida se refiere, si queremos mantener el cerebro sano. El azúcar y las harinas procesadas (prácticamente todas las que se comercializan) pueden dañar el cerebro desde el momento en que se libera insulina (normalmente, en la primera fase de la digestión: al masticar). Lo mismo ocurre con otros carbohidratos de elevado o moderado índice glucémico, incluidos otros almidones usados en alimentos envasados y determinadas frutas, como la piña, las uvas y los plátanos. Además de reducir el azúcar en sangre, la insulina frena la quema de grasas y obliga al cuerpo a tirar más de glucosa, lo cual restringe la disponibilidad de ésta en el cerebro. Las neuronas pueden usar los cuerpos cetónicos para generar energía, pero la insulina también reduce la producción de dichos cuerpos cetónicos. La insulina, además, propicia la inflamación en grado sumo.
5. Muévete. El movimiento físico regular no solo mejora la locomoción, la postura, la autonomía y otros factores asociados con la calidad de vida, sino que también constituye una potente terapia cerebral. El movimiento puede mejorar sobremanera la mayoría, si no todas, las áreas del cerebro, incluidas aquellas que se asocian al habla, la visión, el equilibrio, la memoria e incluso, el intelecto. Los mejores movimientos son los que no generan estrés: bailar, caminar, realizar tareas domésticas, faenar en el jardín o el huerto, y correr, nadar o pedalear a ritmo suave.
6. Cambia de estado mental. Al igual que el cambiar de marcha mejora el rendimiento de un coche deportivo, un cerebro sano cambia de conciencia con frecuencia. Mientras evalúo a los pacientes, por ejemplo, puedo estar en un estado beta: muy atento y capaz de realizar varias tareas sobre los múltiples aspectos que presenta la atención al paciente. Un estado relajado y alerta es alfa. Este estado se da, quizá, mientras nos comemos el almuerzo o cuando nos relajamos al final del día (o siempre que podemos gozar de unos instantes distendidos). El estado alfa produce efectos muy terapéuticos sobre todo el cuerpo. Cuando nos adentramos en el sueño, el cerebro pasa a estado delta. Por desgracia hay demasiadas personas que entran en ese estado a lo largo del día, lo cual es del todo antinatural, insano y, en muchos casos, perjudicial (puesto que puede causar accidentes de tráfico y similares).
7. Duerme toda la noche. Recuperarse bien de cada jornada es crucial para tener un cerebro sano. Y esta recuperación tiene lugar cuando dormimos profundamente. Para los adultos, esto significa dormir de siete a nueve horas cada noche y de manera ininterrumpida. Un cerebro que no está sano puede no ser capaz de lograrlo. Un exceso de cortisol, unos niveles de azúcar en sangre irregulares, cierto deterioro físico y un desequilibrio hormonal son algunos de los factores que pueden lesionar el cerebro e impedirle disfrutar de un descanso regular. La acumulación de horas de sueño puede hacer que caigamos en un círculo vicioso que va empeorando nuestro funcionamiento cerebral.
Naturalmente, hay más maneras de mejorar el funcionamiento cerebral. Junto con unos hábitos de vida saludables, las terapias manuales también pueden ayudar a mejorar la mecánica corporal, especialmente en la zona de la cabeza y el cuello. Un cerebro sano no solo proporciona un mejor rendimiento motor y sensorial, sino que puede autocorregir numerosos desequilibrios del cuerpo, ya sean musculares, glandulares o de los órganos internos.

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